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Observatorio del Islam

lavanguardia.com, 18/05/2017; Estado Islámico, a los niños cautivos: “En el paraíso comerás, pero debes inmolarte”

lavanguardia.com, 18/05/2017; Estado Islámico, a los niños cautivos: “En el paraíso comerás, pero debes inmolarte”

19/05/2017

Menores yazadíes explican su historia de dolor, brutalidad y trauma, una vez liberados del yugo de los extremistas: “Todavía les veo cuando cierro los ojos”.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170518/422680587987/estado-islamico-ninos-cautivos-suicidas.html

REDACCIÓN/AP | IRAK Los niños que escaparon del cautiverio de Estado Islámico todavía tienen pesadillas cuando cierran los ojos. Desde un campo para desplazados en Irak, ahora tratan de recuperar sus vidas tras años de torturas y adiestramiento. Los militantes secuestraron a los chicos de la minoría religiosa yazidí después de invadir las ciudades y aldeas de la comunidad asentada en el norte del país, en 2014.

El grupo sometió a cientos de niños, algunos de 7 u 8 años, a severos entrenamientos para convertirlos en combatientes suicidas, infundiéndoles su ideología aniquiladora. La mayoría de ellos perdieron sus padres durante el ataque, asesinados por los yihadistas, mientras que las madres fueron convertidas en esclavas sexuales .

Secuelas - Les invaden las pesadillas, la ansiedad y los arrebatos de violencia

Algunas de las lecciones del adoctrinamiento infringidas a los chicos, desnutridos y débiles por el hambre, consistía en provocar que se peleasen por un solo tomate. “En el paraíso, podrás comer lo que quieras, pero primero debes ir al paraíso, y lo haces volándote por los aires”, les decían los extremistas.

Ahora los pequeños que consiguieron escapar del calvario están luchando para recuperar algo de normalidad en sus vidas mientras pasan sus días en campos superpoblados para desplazados en Irak junto con lo que les queda de familia. Después de sobrevivir a golpes, ver horribles atrocidades, permanecer detenidos durantes meses o años, perder a sus seres queridos y escapar de la muerte, les invaden las pesadillas, la ansiedad y los arrebatos de violencia.

Todavía tengo mucho miedo”, dice Ahmed Ameen Koro, un joven de 17 años que habló con la agencia The Associated Press en el extenso campamento de Esyan, en el norte de Irak, donde ahora vive con su madre, hermana y hermano. Los únicos supervivientes de su familia. “No puedo dormir bien porque los veo (por los militantes del EI) en mis sueños”, añade.

Ahmed tenía 14 años cuando los militantes irrumpieron en el corazón del yazidismo, alrededor de la ciudad norteña de Sinyar, en el verano de 2014. Decenas de miles de sus miembros murieron en el asalto y los militantes secuestraron a miles de mujeres y niñas como esclavas sexuales.

Ahmed Ameen Koro (17 años) -No puedo dormir bien porque los veo (los militantes del EI) en mis sueños”

La minoría yazidí, cuya antigua fe combina aspectos del islam, el cristianismo, el zoroastrismo y el judaísmo, es considerada herética por los extremistas islámicos. Las fuerzas kurdas respaldadas por Estados Unidos expulsaron a los yihadistas de Sinyar en noviembre de 2015, pero pocos yazidíes han regresado, y unos 3.500 permanecen todavía en cautiverio, esparcidos por su territorio que abarca zonas de Irak y Siria, según Human Rights Watch.

“Parecían monstruos”

Era la mañana del 3 de agosto de 2014, cuando los combatientes del EI descendieron a la aldea de Ahmed en Hardan. La familia trató de huir, pero no todos cabían en el coche. Así que Ahmed, su hermano Amin, de 13 años, y cuatro primos partieron a pie mientras su padre llevaba a los otros a la aldea cercana de Khader Amin. Los muchachos debían esperar al padre de Ahmed para recogerlos en una intersección de la carretera fuera de Hardan.

Pero su padre nunca llegó. Los militantes se apoderaron de todos los parientes que iban en el vehículo; de su padre, nunca más se supo. Los combatientes del EI capturaron a Ahmed y los otros chicos en el supuesto punto de encuentro con la familia.

De allí fueron llevados a la ciudad de Tal Afar, a unos 30 kilómetros de distancia, donde fueron encerrados en una escuela para niños, junto con docenas de otros niños y adolescentes. Se llevaron a los hombres adultos, y dejaron a las mujeres y las niñas.

Ahmed Ameen Koro -Eligieron y tomaron a las chicas que les gustaban”

“Eligieron y tomaron a las chicas que les gustaban”, recordó Ahmed. “Recuerdo que las chicas lloraban, así como las madres. Arrebataban a las chicas de los brazos de sus madres”. “Yo estaba muy asustado, nunca había visto tal cosa, eran hombres de barba muy grandes, parecían monstruos”, afirma el adolescente. “Mis padres no estaban conmigo y yo estaba pensando en ellos, preguntándome qué les podía haber pasado”.

Ahmed y los otros muchachos fueron trasladados a la prisión de Badoush fuera de la fortaleza de Estado Islámico de Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak, donde permanecieron durante 15 días. Ahmed notó que cada vez que los militantes traían comida, los muchachos se quedaban dormidos inmediatamente después de comer. Había, Ahmed cree, pastillas para dormir en la comida.

Los militantes enseñaron a los muchachos oraciones islámicas, les instruyeron en su línea dura de interpretación del Corán y les obligaron a decir que se habían convertido en musulmanes.

“Teníamos miedo de decir que no éramos musulmanes porque nos matarían”, explica Ahmed.

Él y otros 200 chicos yazidíes fueron enviados a un campo de entrenamiento durante dos meses en Tal Afar. Sus días comenzaban con la oración de la mañana y los ejercicios de entrenamiento militar, seguido del estudio del Corán. Aprendieron a disparar kalashnikovs y pistolas, y vieron vídeos tutoriales para aprender a usar cinturones explosivos, lanzar granadas o decapitar a personas.

Ahmed Ameen Koro -Vieron vídeos tutoriales para aprender a usar cinturones explosivos

“Nos decían continuamente que estábamos en guerra contra los infieles (…) que les teníamos que hacer volar por los aires y matar”, recuerda Ahmed.

Cuando crezcas, volarás por los aires

Akram Rasho Khalaf tenía sólo 7 años cuando su ciudad de Khidir Sheikh Sipa fue invadida por los militantes el 23 de agosto de 2014. Su familia trató de huir, pero los combatientes abrieron fuego y el niño sufrió heridas de metralla bala en el abdomen y la mano. “Empezaron a dispararnos, mi madre cayó, y me dieron. Son las balas”, explica a la agencia francesa mientras se levanta camiseta para mostrar dos grandes cicatrices en el estómago. Akram fue llevado en ambulancia a Mosul, donde fue operado por los médicos de Estado Islámico.

“Me separaron de mi madre, de mi hermana, de mi hermano y de mi padre”, recuerda, y añade que nunca volvió a saber nada de sus padres. De su madre, no obstante, se cree que puede estar atrapada en el sector occidental de Mosul, que todavía está en manos de Estado Islámico, que lucha por mantener el control sobre su bastión en Irak a pesar de un exitoso avance de las tropas kurdo iraquíes.

Akram se emociona cuando recuerda la insoportable hambre que sentía cuando estaba en cautiverio. Tenía tanta hambre que no podía sentir el miedo, dice este niño de 10 años. Con el tiempo, fue llevado a Raqa, la autodeclarada capital del autoproclamado califato de Estado Islámico en Siria. Allí golpeaban las cabezas de los niños, los que no lloraban era elogiados por ser duros y se les decía que algún día serían suicidas. “Nos decían: ‘Cuando crezcáis, os haréis explotar, si Dios quiere”, cita Akram desde el campamento de Kabarto, cerca de Dahuk (Irak), donde ahora vive con su tío, dos hermanos y otros familiares, a unos 150 kilómetros al norte de su pueblo natal.

Estado Islámico emplea a niños como suicidas porque les resultan más valiosos. Sienten menos miedo que los adultos y creen en lo que se les dice y promete, en este caso, el paraíso. Los extremistas usan especialmente niños de minorías como los yazidíes o los kurdos, o con alguna discapacidad mental, para dicho fin, según reveló un informe del Comité de la ONU sobre Derechos del Niño. Solo en julio de 2015 se registraron 19 casos de niños en atentados suicidas, avanzaba el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

“Esconde los cuchillos”

El tío de Akram dice que su sobrino se ha visto profundamente afectado por el tiempo que pasó cautivo. Lo mismo les pasa a su hermana y hermano pequeños, de cinco y ocho años respectivamente, también secuestrados y liberados después.

“A veces se vuelven muy agresivos y golpean a otros niños o nuestros hijos, no son como otros niños normales, su salud mental es muy mala”, afirma el tío.

Carl Gaede, un trabajador social clínico y director ejecutivo de Tutapona, una organización sin fines de lucro de EE.UU. especializada en el trauma de guerra, dice que estas reacciones son comunes entre los supervivientes de los horrores experimentados bajo el yugo del EI.

“Hemos visto a varios niños actuando de manera violenta y familias que necesitan ocultar los cuchillos y objetos peligrosos por temor a cómo los niños podrían usarlos por lo que han visto y participado”, explica Gaede, quien trata psicológicamente supervivientes de la brutalidad del EI en el campamento de Esyan, donde Ahmed vive con su familia.

Ahmed llena sus días ahora con la escuela, el inglés es su asignatura favorita, y dirige una pequeña tienda en el campamento donde vende ropa y zapatos para mujeres y niñas.

Preguntado sobre sus sueños para el futuro, Ahmed responde sin vacilar: “Cuando crezca voy a cumplir mi venganza contra Estado Islámico, contra esos infieles”. El pequeño Akram también sabe la respuesta: “Luchar contra Daesh (acrónimo árabe para Estado Islámico”.

Para estos niños crecidos en el dolor, el miedo y el odio la venganza, por ahora, es su principal motor.

Ahmed Ameen Koro -Cuando crezca voy a cumplir mi venganza contra Estado Islámico, contra esos infieles”

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