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Observatori de l' Islam

gaceta.es, 23/08/2015; Los musulmanes que explotaban sexualmente a las niñas inglesas

gaceta.es, 23/08/2015; Los musulmanes que explotaban sexualmente a las niñas inglesas

10/02/2017

Las víctimas eran inglesas; los violadores, pakistaníes. Una circunstancia que ha ocultado los crímenes y los ha perpetuado durante años. Al menos 373 menores fueron explotados sexualmente.

http://gaceta.es/noticias/rotherham-ano-horror-apenas-cambiado-23082015-1243

CARLOS ESTEBAN - Cuando se cumple un año del informe que lo destapó, el escándalo nada escandaloso de Rotherham sigue supurando y cada día salen a la luz pública nuevas víctimas de un abuso que, como avisaron muchos observadores, era la punta del iceberg de una práctica criminal que ha durado más de una década y afectado a incontables menores, ocultada por el miedo de las autoridades a ser acusadas de racismo, islamofobia y xenofobia.

Últimamente todo "mata". El Patriarcado mata, el capitalismo mata, la homofobia mata, la austeridad mata... Y, en un mundo de seres mortales y causas complejas, no es imposible encontrar algún remoto nexo entre lo que se quiere demonizar y alguna muerte, por retorcido que sea el argumento. Lo curioso es que los modernos guardianes de la ortodoxia se tragan el camello y cuelan el mosquito y no salen con el slogan de marras cuando es más evidente: lo políticamente correcto MATA.

Recordemos: Se trataba, según el informe, de al menos 373 menores documentados -número que ya se ha quedado pequeño-, la mayoría niñas menores de 16 años, que eran objeto de la explotación sexual a manos de redes de pedófilos. Eran víctimas de abusos, violaciones y tráfico. Los hechos se han producido, sin mayor intervención de las autoridades, durante quince años, de 1999 a 2014. No es por falta de denuncias por parte de numerosas víctimas. Pero las denuncias chocaban contra un muro; un muro de corrección política: las víctimas eran todas autóctonas; los abusadores, en su abrumadora mayoría paquistaníes.

La muerte de un delincuente juvenil negro a manos de un policía en Ferguson en una reacción que un jurado consideró legítima defensa ha encendido América, suscitado marchas sin cuento, protestas que han acabado en pillajes y sangrientos enfrentamientos y, sobre todo, ha hecho correr interminables ríos de tinta e implicado al propio presidente. En cambio, se descubre que grupos de paquistaníes mantenían a lo largo de más de una década a centenares de menores como esclavas sexuales y el asunto queda en un semiimoperceptible 'blib' del rádar mediático, sin grandes protestas callejeras y escasas dimisiones: Nada que ver aquí, sigan circulando.

La razón de este contraste es tan triste como simple: una noticia confirma la narrativa oficial, mientras que la otra, el horror de Rotherham, la contradice. Derecha e izquierda oficiales en todo Occidente están empeñados en un mismo discurso de elogio al multiculturalismo y la diversidad que esconde una realidad muy distinta a los arcoiris y las historias de éxito que prefieren reseñar, la misma razón por la que en la reciente noticia sobre el ataque frustrado por marines en el tren francés de alta velocidad los medios franceses han ocultado lo que han podido el origen norteafricano del potencial atacante.

Desgraciadamente, Rotherham no es la anomalía o caso aislado que pretenden las autoridades británicas. Sarah Willson, de 23 años, que desde los 11 ha servido como esclava sexual a una de estas bandas, asegura que la explotación de niños en el tráfico sexual sigue siendo práctica común y a la vista de los servicios sociales, que siguen sin proteger a estas menores.

El fenómeno tiene, por lo menos, un cuarto de siglo, y es sintomático que en el primer caso que llegó a los tribunales en Birmimgham en 1989 el acusado no fuera un paquistaní dedicado a este espantoso comercio, sino un sij que intentó vengar el abuso de sus hijas. De hecho, en la investigación que se hizo en Rotherham aparece el testimonio de varios padres que trataron de liberar a sus hijas y fueron amenazados por la policía con levantar contra ellos cargos de 'racismo'.

Las autoridades -policía, servicios sociales, ONGs y concejalías- siempre han conocido estas actividades y se escudaban en la excusa de que eran “relaciones consentidas”, es decir, que niñas de 11 años aceptaban, en uso de su libertad sexual, dejar que una decena de desconocidos les hicieran de todo -de todo- mientras sus 'guardianes' graban la escena y se embolsan el dinero.

Cada niña reporta cerca de 200.000 libras al año a las mafias en un negocio aún más rentable que el tráfico de drogas.

Para entender bien el por qué de esta pasividad criminal basta que el lector imagine el caso inverso: que se descubra que las autoridades han mirado para otra parte mientras bandas de sajones se dedican a secuestrar a prostituir a niñas musulmanas a centenares durante más de una década. Habría motines, caería el Gobierno, los grupos musulmanes pediría venganza y, muy probablemente, la obtendrían.

En el caso real, en cambio, lo políticamente desastroso era percatarse de lo que estaba sucediendo. Los gobiernos de Tony Blair, Gordon Brown y, ahora, David Cameron han gastado enormes sumas y grandes esfuerzos en propagar la idea de la “cool Britannia” en la que “la diversidad es nuestra fuerza” y el menor comentario que pueda interpretarse como xenófobo cuesta indefectiblemente el puesto de cualquiera no solo en la Administración pública, sino a menudo en la empresa privada, donde los 'consultores de diversidad' hacen su agosto.

Incluso en el informe de la vergüenza, donde salía a la luz un escándalo tan bochornoso directamente achacable a la tiranía de lo políticamente correcto, los autores mantenían sus tics temerosos, designando a los acusados paquistaníes con el término más vago de “asiáticos”, como si las mafias estuvieran integradas por una mescolanza indistinguible de chinos, coreanos y vietnamitas.

Si la diversidad es o no la fuerza de Gran Bretaña -y del resto de Europa- podrán debatirlo voves expertas, pero lo indudable es que el país está empezando a ver como relativamente normales sucesos y actitudes que ningún británico de más de 40 años conoció en su infancia, desde el omnipresente burqa a las manifestaciones pidiendo la conversión de Gran Bretaña en emirato o los barrios donde se aplica la sharía o los 'crímenes de honor'. Suecia, por ampliar el foco, se ha convertido el segundo país del mundo con más violaciones por habitantes, y si los colectivos feministas no denuncian este caso es porque no hay respuesta políticamente correcta a la pregunta de qué ha podido pasarles a los civilizadísimos y generalmente tranquilos varones suecos para violar tanto de repente.

El caso está casi olvidado y ha hecho muy pocas olas. Un caso aislado, ya saben, como todos esos 'lobos solitarios' que atentan con gritos muy concretos y de los que siempre se asegura que sus acciones “no tienen nada que ver con el Islam”. El Inland Revenue -Hacienda- se plantea aceptar bajo cuerda la poligamia para pagar pensiones a las viudas no reconocidas de los musulmanes, se extiende la práctica de la ablación del clítoris e incluso nacen nuevos negocios, como el de la reconstrucción del himen. Los gobiernos y los medios llevan demasiado tiempo vendiendo a sus conciudadanos una historia como para reconocer su error, y su respuesta ha sido reduplicar sus esfuerzos para que nadie proteste mientras Europa se convierte ante nuestros ojos en una sucursal del Tercer Mundo.

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