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Observatori de l' Islam

elmundo.es, 27/08/2017; El imam al que le explotó 'la madre de satán'

elmundo.es, 27/08/2017; El imam al que le explotó 'la madre de satán'

01/09/2017

Abdelbaki Es Satty emerge como uno de los yihadistas más peligrosos de cuantos han operado en territorio europeo. Sólo la suerte impidió «el mayor atentado contra Occidente desde que el Daesh es Daesh».

http://www.elmundo.es/cronica/2017/08/27/59a14182468aeb00088b463d.html

Primer acto: un hombre

LORENZO SILVA El 17 de agosto de 2017, a raíz del arrollamiento masivo protagonizado en el paseo de Las Ramblas por su discípulo y lugarteniente, Younes Abouyaaqoub, al volante de una furgoneta blanca de alquiler, la figura de Abdelbaki Es Satty (un hombre nacido en los alrededores de Bab Taza, en la región del Ajmás, al sur de Xauen, en Marruecos, en 1973) emerge como uno de los yihadistas más peligrosos de cuantos han operado en territorio europeo. Sólo la suerte, o su ambición desmedida, impidieron lo que según fuentes próximas a la investigación se dibujaba como el más pavoroso ataque islamista jamás producido en Europa; un ataque para el que Es Satty lo tenía ya todo organizado: los soldados, la logística, el armamento, el plan, la determinación. De haberse producido habría sido, en palabras de un experto, «el mayor atentado contra Occidente desde que el Daesh es Daesh», algo así como su puesta de largo definitiva, quizá con más muertos que el 11-M y con un alcance simbólico mucho mayor.

El plan B que finalmente llevaron a cabo sus acólitos, al quedar desprovistos de su dirección, ya ha conseguido, con la elección del nada casual objetivo de Las Ramblas, lo que nunca, o muy difícilmente, habría logrado un ataque en la capital de España: provocar víctimas de una treintena larga de nacionalidades, redoblando su efecto propagandístico por la vía de erigirse en noticia central en todos los países de los que procedían muertos y heridos. Según fuentes cercanas a las investigaciones, en el rastreo de los escombros de la casa okupada de Alcanar que el imam había convertido en laboratorio de explosivos y base de su célula, aparte de una cantidad ingente de bombonas de butano y componentes para fabricar el temible TATP, conocido por los yihadistas como «la Madre de Satán», está apareciendo «de todo». Es posible, al menos no hay indicios en contra, que la célula fuera autosuficiente, pero Abdelbaki no era un aficionado: la cuidadosa elección de los diferentes escenarios de su actuación (el objetivo en Barcelona, la recluta de soldados en Ripoll, en la Gerona profunda, la base logística en Tarragona, casi en la raya de la Comunidad Valenciana) así como la habilidad con que consiguió manipular a una docena de jóvenes, lo acreditan.

La gran pregunta ahora, que debería ser principalmente un interrogante policial, pero que las circunstancias del momento convierten en trinchera de una violenta reyerta política, es qué indicios pudo haber dado antes de este verano el imam, y a quién, para inferir que bajo su dirección se cocinaba una masacre. Aunque las informaciones se contradicen, y ya han entrado en juego especuladores y teóricos de la conspiración, lo que las fuentes oficiales trasladan es que el nombre de Abdelbaki es Satty apareció tangencialmente en la investigación de los atentados contra la casa de España en Casablanca en mayo de 2003 y en la de la presunta célula yihadista de Vilanova i la Geltrú dirigida por el imam Mohamed Mrabet, de donde salió el kamikaze que acabó con la vida de 19 carabinieri italianos en Nasiriya, Irak, con un atentado mediante un camión bomba. Aunque se le llegó a intervenir el teléfono, por sospechas de su posible conexión con el Grupo Islámico Armado marroquí, ni siquiera llegó a ser procesado. En cuanto al líder de la célula, Mrabet, la Audiencia Nacional lo condenó pero fue absuelto con posterioridad por el Tribunal Supremo, que anuló la causa. Es decir, que Abdelbaki es Satty no tenía ningún antecedente penal derivado de esta investigación, en la que según fuentes de la lucha antiterrorista tuvo un papel irrelevante que sólo con el examen a posteriori, y ampliando la lupa, adquiere una significación que no podía anticiparse fundadamente.

Los antecedentes penales que sí tenía Es Satty, y que lo enviaron a la cárcel, tenían que ver con el tráfico de drogas: por este delito se le imputó y condenó, tras hallarse 121 kilos de hachís ocultos en el coche con el que pretendía pasar el Estrecho, en 2010. Como consecuencia de estos hechos pasó tres años -como mínimo- en prisión, y aquí es donde de nuevo divergen las versiones: según unos, tuvo allí contacto con uno de los condenados por el 11-M. Según la información oficial, a Es Satty, como a todos los presos de su perfil, se le sometió a vigilancia permanente en prevención de su posible radicalización islamista. Fuentes cercanas a la lucha antiterrorista insisten en que la reclusión es una situación óptima para evaluar a alguien, porque la monitorización es de 24 horas, y es que según los informes disponibles, en Abdelbaki, ni por su comportamiento ni por las relaciones que tenía en prisión, se observó indicio de radicalización alguna; el hecho es que cuando a su salida de prisión se ventiló ante un juez la orden de expulsión que pesaba sobre él, pudo hacer valer su arraigo, y el abogado del Estado no encontró elementos para desvirtuarlo, lo que condujo a que el juez la anulara. Según el abogado que le defendió: «No parecía un integrista, iba en vaqueros».

La pregunta, si damos por válida esta versión, es si Es Satty, que ya estaba radicalizado aunque hubiera logrado escapar hasta ahí de ser encausado por ello, lo estaba al modo extremo del salafismo takfir, que induce a sus adeptos a disimular de manera absoluta su radicalización, incluso comiendo cerdo y llevando a cabo otros actos prohibidos por el islam; o si su radicalización se completó después. O si, dada la dificultad de creer lo uno o lo otro, hay que contemplar la hipótesis de que la información oficial no sea correcta, o la de que los funcionarios que le observaron no anduvieran muy finos.

La historia, en todo caso, no puede detenerse aquí. Tras su salida de la cárcel, en 2014, Abdelbaki es Satty recala en Bélgica, y en particular en su zona flamenca, cuyo idioma no habla con soltura. Entre otros sitios, el imán aparece en 2016 en Vilvoorde, un lugar marcado por los vínculos con el yihadismo de algunos miembros de su población de origen musulmán, y por ello sometida a un estrecho escrutinio por parte de las autoridades policiales. Allí Es Satty despierta sospechas, tanto en la propia comunidad como en la policía local, uno de cuyos agentes, según ahora sabemos, pide informalmente en marzo de ese año datos sobre el imam a un conocido suyo de la unidad de información de los Mossos d'Esquadra. El mensaje no es muy concreto, pero se infiere que el tipo es sospechoso y que además tiene intención de regresar a Cataluña. Según expertos de la lucha antiterrorista, esa es la única noticia, fresca y concreta, que en agosto de 2017 tiene la comunidad de inteligencia española sobre la posible radicalización del imam . Sin embargo, no llega a trascender (tampoco en Bélgica, según confirman sus autoridades) de los dos agentes que la intercambian. No está por tanto disponible para atar cabos acerca del hombre que poco después se convertirá en imam de Ripoll y manipulador de sus jóvenes musulmanes; al igual que pasa con esas lejanas informaciones de 2003 y 2005, nunca confirmadas y a todas luces no recuperadas en ningún momento por nadie, hasta que los atentados se produjeron y ya era tarde para evitarlos.

De los días en Ripoll, dejando al margen sus contactos subrepticios o clandestinos con los jóvenes a los que acabó adoctrinando y reclutando, poco más se puede decir. En las prédicas en la mezquita, Es Satty se comportaba con cautela, sin mencionar siquiera la palabra yihad. Si las autoridades o los Mossos d'Esquadra de la comisaría del pueblo lo sometieron a análisis u observación, como es de suponer, no encontraron nada de lo que tirar para cuestionarle o, como en el caso de los funcionarios de la prisión, no tuvieron la perspicacia suficiente para detectarlo. Cuando tuvo reunido, motivado y encuadrado a su comando, Es Satty se aplicó febrilmente a preparar la acción que tenía en mente; desde la financiación hasta el aprovisionamiento, en apariencia resueltos ambos sobre el terreno. Si el imán actuaba en coordinación o con apoyo de una red exterior es cuestión no confirmada a la hora de redactar estas líneas; y el terrorismo de Daesh tampoco lo necesita. Sus activistas están alineados con sus directrices, que son bien conocidas; en cuanto a la acción, les funciona el self-service, orientado por el material formativo que abunda en internet.

La información de que se dispone apunta a que el imam estaba resuelto a inmolarse en el atentado o atentados, y que el objetivo eran lugares emblemáticos y muy concurridos de Barcelona. Ha emergido, cómo no, el nombre de la Sagrada Familia, que a esa doble condición aúna la de templo católico. Es muy probablemente su ambición, su afán de dar un golpe realmente sensacional, lo que pudo perderle: el TATP, el explosivo que preparaba, suele hacerse en pequeñas cantidades, cuatro o cinco kilos, lo suficiente para un cinturón bomba. Todo parece indicar que Es Satty andaba empeñado en preparar decenas de kilos, lo que incrementa exponencialmente el riesgo de accidente con una sustancia de por sí muy inestable. Sólo elegir mal la aleación del metal del instrumento con el que se remueve puede provocar chispas y desencadenar su deflagración.

A las 23.17 del día 16 de agosto de 2017 reventó la casa de Alcanar, con una explosión que de nuevo los intereses contrapuestos discuten si debió identificarse en seguida como acción terrorista, dando una alerta que habría podido ser vital; lo cierto es que no la examinaron todos los ojos expertos que habrían podido hacerlo: los Tedax de la Guardia Civil de Barcelona se ofrecieron y se les dijo que no eran necesarios.

Ahí termina la historia de Abdelbaki es Satty y de Youssef Allaa, su ayudante en materia de explosivos (no demasiado avezado, visto el resultado). Los restos de la célula, a quienes el imam había inoculado con eficacia manifiesta su mensaje de odio, dieron el do de pecho en su memoria, tratando de hacerle ganar la batalla después de muerto. La orgía de destrucción subsiguiente sólo logró provocar la muerte de inocentes y la de la mayoría de esos chicos de Ripoll a los que Es Satty supo convertir en terroristas.

Sus jefes, o inspiradores, o lo que fueran, se apresuraron a venderlo como una victoria, vindicadora de los agravios que la Historia, en su visión, ha infligido a lo largo de los siglos al islam de mano de Occidente. Eso incluye la lejana guerra colonial en la que allá por 1927 los ancestros de Es Satty, los guerreros del Ajmás, aceptaron morir por el islam, en una desesperada batalla en la que se consumó su derrota, lo que parece, hoy, algo más que una coincidencia...

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