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Observatori de l' Islam

elpais.com, 16/11/2017; Viaje al hermetismo saudí, en relatos breves | Ellos de blanco, nosotras de negro

elpais.com, 16/11/2017; Viaje al hermetismo saudí, en relatos breves | Ellos de blanco, nosotras de negro

03/12/2017

La corresponsal de EL PAÍS Ángeles Espinosa retrata a través de historias cortas la vida cotidiana del país árabe

https://elpais.com/internacional/2017/11/14/actualidad/1510689808_149598.html

ÁNGELES ESPINOSA | RIAD

Día 3: Ellos de blanco, nosotras de negro 

Sí, me tengo que poner la abaya, pero no cubrirme la cabeza, respondo a una amiga que se interesa por mi estancia en Arabia Saudí. La abaya es el sayón negro con el que suelen cubrirse las musulmanas de la península Arábiga y algunos otros países (el equivalente al chador iraní, para entendernos). Aunque tiene variedades locales y un ojo experto te adivina el país, la religiosidad y hasta la clase social, básicamente es una capa o túnica que, desde la cabeza o desde los hombros, cubre hasta los pies ocultando las formas del cuerpo.

Existe una obsesión recíproca por cómo nos vestimos las mujeres. En Occidente, nos fijamos más en los sayones y los velos de las musulmanas que en las personas que hay debajo. En los países islámicos, intentan que las occidentales nos tapemos todo lo posible (en unos más que en otros) como si pudiéramos enseñar algo que no fuera de este mundo.

Más allá de consideraciones religiosas, cuando la imposición del vestido se hace de forma oficial (como en Irán o en Arabia Saudí) tiene sin duda un objetivo de control social. De hecho, en este país, al igual que en el resto de las petromonarquías, la presión del vestido se extiende a los hombres, obligados a usar lo que se denomina ‘traje nacional’, la túnica (preferentemente blanca) y el pañuelo que se sujeta a la cabeza con un cordón.

En Saudíes en privado, el sociólogo Abdul al Lily, a quien también citaba en la entrada anterior, constata que ese uniforme es requisito imprescindible para los hombres en el trabajo, las oficinas gubernamentales e incluso en las estaciones de tren. El día que le entrevisté por Skype, él estaba en su casa en camiseta sin mangas y bromeaba con que no podía salir así a la calle. No es para tanto. He visto hombres en camiseta y bermudas yendo a la compra, pero no es lo habitual; tampoco tiene las consecuencias que para una mujer saudí pasearse sin abaya.

Con su particular humor, Al Lily defiende que el uso de esas prendas amplias tiene algunas ventajas: no se aprecia si uno o una ha engordado. Pero también ofrece una guía sobre el mensaje que envían los saudíes según cómo se vistan. En el caso de ellos, una túnica por encima del tobillo y un pañuelo sin cordón suelen indicar un individuo conservador. En el otro extremo, el liberal prescindirá del pañuelo y, sólo de forma ocasional, incluso de la túnica.

Ellas, según la guía de Al Lily que he podido corroborar en mis observaciones durante años, marcan la diferencia según se pongan la abaya desde la cabeza o desde los hombros, y según se cubran o no la cara. Sin embargo, discrepo de Al Lily en que todas las saudíes llevan la cabeza tapada (lo que implica que las demás serían extranjeras). Es verdad que no son muchas, pero haberlas haylas. Ya hace años que conocí a varias en Yeddah, la segunda ciudad saudí, y ahora he visto a algunas jóvenes en Riad, tradicionalmente más conservadora que aquella.

Lo que está cambiando sin duda es el color. El omnipresente negro ha empezado a dejar paso a distintos tonos de gris, azules, granates e incluso beige, al estilo de lo que ya lleva varios años viéndose en Dubái. Y lo que es más significativo, cada vez un mayor número de mujeres, sobre todo entre las millennials, muestra el rostro, algo impensable cuando realicé mi primer viaje a Arabia Saudí hace casi tres décadas. 

Día 2: Las confusas normas de la segregación sexual

Cuenta el sociólogo Abdul al Lily que la sociedad de Arabia Saudí “se divide en dos dominios: uno doméstico ‘dentro-de-la-casa’ y uno público ‘fuera de la casa”. En su ameno Saudíes en privado,explica cómo en general el primero se asocia con las mujeres y el segundo con los hombres. Así que todo claro. La casa es femenina. La calle es masculina. Habrá que seguir las reglas, piensa uno cuando el avión aterriza en Riad. Pero, como decía la canción, las chicas son guerreras; también las saudíes. En las cabinas de control de pasaportes no hay cola de hombres y cola de mujeres. Al menos no la había el sábado por la noche cuando yo llegué. Luego, al salir, un simpático saudí me preguntó si buscaba taxi y me propuso compartir la carrera con varias mujeres que esperaban a completar una pequeña furgoneta. Pensé que era interesante, pero había quedado a cenar con una amiga y decliné.

El taxista que me llevó al hotel, un paquistaní de Peshawar, estaba muy preocupado porque la decisión de permitir que las mujeres conduzcan iba a reducir los trabajos de chófer. De momento, es Uber quien les hace la competencia. Todos sus conductores tienen que ser saudíes por ley. Y están teniendo mucho éxito no sólo porque son más baratos, sino porque sus coches son mejores. Además, tal vez sea por la novedad, pero están más inclinados a la charla. Al llegar al restaurante se repite la confusión: hay una entrada para solteros y otra para familias. ¿Y qué hacemos nosotras? Inicialmente, los puritanos que establecieron la separación no contaban con que las mujeres fueran solas a cenar o tomar un refresco, pero la realidad se ha impuesto. En la “zona de familias”, predominan las mujeres, descontados los camareros, cuyo sexo, al parecer, no es relevante. El adolescente que está con un grupo de chicas ¿sus hermanas? casi da pena sumergido en la pantalla de su móvil.

Las terrazas de cafeterías y restaurantes están reservadas para ellos, algo que al dejar atrás las infernales temperaturas del verano resulta fastidioso para ellas / nosotras. Astutos, muchos propietarios han dividido sus locales en dos pisos y abierto terrazas en el piso superior, el reservado a familias. Abajo, los pobres solteros se aburren como ostras intercambiando aventuras reales o imaginarias. No es de sorprender que muchos jóvenes se hayan apuntado a Uber como medio de socializar, además de ganar un extra.

En el foro al que asisto, Misk Global Forum, hay, de acuerdo con los usos locales, dos entradas diferenciadas para mujeres y hombres. Una vez dentro, las unas se sientan a la derecha del estrado, los otros a la izquierda. Pero en el centro, en los pasillos y en el resto de las salas, cada una (y cada uno) es muy libre de mezclarse. Con o sin pañuelo en la cabeza, con o sin niqab (el velo que cubre el rostro), las saudíes empiezan a ser visibles y participar. En contra de lo que la extranjera pueda pensar, son a menudo las propias mujeres las que desean la separación de sexos. No hay que buscar explicaciones complicadas. Después de crecer en un sistema segregado, y en el caso de las familias más estrictas sólo tener contacto con miembros del otro sexo con los que se tenga parentesco de primer grado, para muchas resulta incómodo e incluso difícil establecer una relación de camaradería.

La educación y las redes sociales están cambiando los códigos. Durante la última década, decenas de miles de saudíes, mujeres y hombres, se han beneficiado de un programa de becas para formarse fuera del país. De vuelta a casa, muchos relajan la barrera invisible que les separa. Poco a poco, también en algunas oficinas están desapareciendo las separaciones físicas. Así que no me ha sorprendido que antes de una conferencia a la que he asistido todo el mundo se mezclara tomando un café. Al entrar me he sentado en el primer sitio que he pillado hasta que me he dado cuenta que era la única mujer. El resto estaba detrás de la celosía con la que suelen dividirse los actos públicos. Las reglas se han vuelto confusas. Consejo: observar y adaptarse.

Día 1: A ritmo de oración

“Distinguidos clientes, les informamos de que dentro de diez minutos y como preparación para la plegaria cerraremos nuestras tiendas”. El anuncio por la megafonía del Centro Comercial Panorama, en Riad, desata algunas carreras para quienes se dirigen a una compra urgente. Lo contamos todos los periodistas que venimos a Arabia Saudí. El país se para, literalmente, cinco veces al día, para rezar. En términos prácticos son en realidad cuatro, ya que la primera oración, al fajr, es a las 4.40 de la mañana, antes de que despunte el alba. Aun así, no hay viaje que no me pille el toro. Es decir, que no pierda media hora sentada en algún sitio esperando a que acabe la plegaria. Esta vez no, me digo, y apunto en mi libreta. Dhuhr a las 11.36, Asr a las 14.49, Maghreb a las 17.13 e  Isha a las 18.43. Planifico el día en consecuencia. Pero tras la primera cita a mediodía, no he contado con el tráfico endemoniado de esta ciudad. Llegó al Panorama sin aliento.

Son las 14.35 y aún no he comido. Me salto la parada que tenía prevista en los aseos y voy directamente a la Food Court (¿Patio de Comidas?). Casi todos los establecimientos han empezado a bajar la persiana a modo de aviso. “¿Me toman el pedido?”, pregunto un tanto acelerada. “Si elige rápido…”, responde el filipino que atiende el mostrador de una franquicia de “sándwiches internacionales con un toque árabe”. Pido una ensalada, un bocadillo y un zumo de naranja. Y pago justo a tiempo de que la persiana baje del todo. ¿Tendré que esperar hasta que acabe la oración para que me entreguen la comida? ¿Me da tiempo de ir al baño? El filipino ha desaparecido. Pero al poco llega una joven saudí, cubierta con un niqab (el pañuelo que tapa la cara salvo una rendija para los ojos), y golpea la persiana con los nudillos. Se levanta un poco, entrega el recibo y le dan su pedido. “Paciencia”, me digo. Y enseguida, estoy servida.

En el vecino McDonalds, sin embargo, la cola de gente hace inútil bajar la persiana. Cuando vuelvo del aseo, aún siguen recogiendo pedidos. Apenas hace un par de años, un mutawa, como se conoce a los miembros del Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, hubiera puesto el grito en el cielo. Hoy ya no se ve a la policía religiosa rondando por los centros comerciales y nadie dice nada. Tal vez sea un signo de los cambios que está viviendo el país.

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